Las migraciones en la España Actual

23.12.14

Las migraciones en la España Actual
Por Cristina Manzanedo para la Revista Crítica

En apenas 20 años, el paisaje humano de nuestras ciudades ha cambiado radicalmente y hoy la diversidad de nuestra población es patente en las calles, en los bares y restaurantes, en las tiendas abiertas al público. Esta diversidad es más visible en las grandes ciudades. Las migraciones han sido el principal factor de cambio social desde mediados de los años 90 ¿Cómo hemos respondido a este cambio social? Con luces y sombras, que abordamos en este número de la Revista Crítica, así como los retos a futuro.

1. Aspectos que favorecen la integración 

En estos años, España a realizado un importante esfuerzo de adaptación que es preciso reconocer. Un factor clave de inclusión ha sido la educación y la sanidad, está última era universal hasta la desafortunada reforma sanitaria de 2012. También fueron muy positivas las regularizaciones –todos los Gobiernos las han hecho–, que permitieron a cientos de miles de personas regularizar su situación una vez estaban en nuestro país y formalizar su situación laboral. España cuenta además con un procedimiento de regularización individual, caso por caso, por circunstancias excepcionales.

Otro aspecto positivo es la posibilidad de reagrupación familiar, que defiende la familia y reconoce al migrante como una persona con vínculos, como los demás, no sólo como fuerza de trabajo. La residencia de larga duración y la posibilidad de solicitar la nacionalidad española favorecen también la estabilidad e integración de esta población.

Desde el punto de vista sociológico, la convivencia es, en general, pacífica, se reconoce la contribución de los migrantes al desarrollo económico de nuestro país en una fase de bonanza económica, no se ha culpabilizado a los migrantes de la crisis y es destacable la ausencia de partidos xenófobos y racistas como ocurre en otros países de Europa.

Y desde las políticas públicas, estatales, autonómicas y locales se ha hecho un esfuerzo por desarrollar políticas activas de integración. También podemos estar orgullosos de que la inmigración irregular en España sea una infracción administrativa, no un delito así como de no criminalizar la ayuda a los inmigrantes sin papeles –en varios países de Europa, la solidaridad con los inmigrantes irregulares es buscarse problemas–. Aunque se ha intentado criminalizar en diversos momentos, podemos afirmar que hoy por hoy en España, está salvada la hospitalidad, la piedad, la compasión, la solidaridad.

Al esfuerzo de las políticas públicas y de la sociedad española, se suma el esfuerzo de los propios migrantes, que traen consigo una historia de esfuerzo y esperanza que construye y fortalece nuestra sociedad. Las primeras generaciones dejan atrás familia y redes sociales buscando un futuro mejor. Para salir adelante, necesitan una enorme flexibilidad laboral, que les lleva a aceptar trabajos poco cualificados y poco estables, en sectores donde falta mano de obra española –agricultura, hostelería, restauración, servicio doméstico–. La crisis les ha golpeado duramente, las tasas de desempleo son mayores entre esta población y la falta de trabajo es una amenaza constante de perder el permiso de trabajo. Así mismo, deben aprender a vivir en una cultura diferente, que les irá cambiando, también a ellos, poco a poco. Y afrontar la desconfianza y el miedo, cuando no los prejuicios y discriminación con los que frecuentemente son recibidos

2. Lo inadmisible: inmigración irregular y vulneraciones de derechos 

Los migrantes en situación irregular, es decir, sin permiso de residencia y trabajo, son una cifra pequeña de la población migrante pero son los más vulnerables. Los países intentan ordenar los flujos migratorios estableciendo cauces de entrada y residencia legal y ejerciendo control migratorio para que no haya entradas irregulares y para expulsar a la población en situación irregular. Pero estaremos de acuerdo en que el control migratorio no puede ejercitarse a cualquier coste y de cualquier manera. Sin embargo, en ejercicio del derecho del Estado a controlar su territorio se pisotean diariamente los derechos individuales de las personas, como no ocurre en ningún otro ámbito de nuestra sociedad. Representa la parte más oscura y represiva de cómo España y Europa gestionan las migraciones.

El acceso imposible y peligroso a territorio

Cierta regulación de los flujos de entrada y permanencia de personas extranjeras es necesario, pero si es un cauce muy estrecho, se convierte en caldo de cultivo para la irregularidad. España es un buen ejemplo de país al que es muy difícil acceder de forma regular. A las dificultades de obtener y mantener papeles se une una política de control migratorio que tiene costes desproporcionados, no solo en términos monetarios. El primero y más evidente es el coste humano de las políticas de gestión de fronteras: se estima que cerca de 15.000 inmigrantes han fallecido al intentar llegar a Europa en los últimos 10 años. También enfrentamos el coste moral de contratar el control fronterizo con Estados que sabemos que no respetan los derechos humanos de los migrantes y refugiados. España previene la entrada irregular en territorio con la colaboración “pagada” de nuestros vecinos de Marruecos y Africa Occidental en un proceso llamado externalización de fronteras. La externalización de nuestra frontera sur significa que, de facto, España ya no acaba en Algeciras sino en Africa Occidental y Marruecos, pues es allí donde actuamos para cerrar el paso a migrantes y refugiados, ya sea directamente o pagando a estos países para que hagan este ingrato trabajo. Y por último, el control fronterizo europeo tiene como efecto colateral la aparición de redes de tráfico de personas que cobran cuantiosas sumas para trasladar a migrantes y refugiados al margen de la ley, con notables sufrimientos de estas personas.

El problema más grave actualmente es la Frontera Sur y, sobre todo, el acceso a territorio por Ceuta y Melilla, donde se está rechazando a la gente en la valla “a bulto”, sin procedimiento administrativo alguno y con la utilización de violencia creciente . Estas llamadas devoluciones en caliente imposibilitan la debida protección a posibles refugia el acceso a terrotoriodos y vulneran la ley española y europea, que contemplan la posibilidad de devoluciones pero siguiendo un procedimiento con ciertas garantías.

Las expulsiones y las repatriaciones a la fuerza

En todo país de inmigración hay siempre parte de la población en situación irregular. Eso no significa que sean personas sin ningún derecho que el Estado puede perseguir y expulsar de cualquier manera. La ley española es bastante garantista pero el problema está en su aplicación práctica, que es muy deficiente. Fruto de esta falta de voluntad política o de desidia de nuestros gobernantes, encontramos órdenes de expulsión dictadas en cuanto se detecta una situación de irregularidad, sin conceder ni una oportunidad y sin valorar las circunstancias individuales de cada persona, redadas policiales en los espacios públicos por perfil racial, expulsiones forzosas a través de los Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), que son centros que lesionan derechos, o la desaparición súbita en vuelos colectivos de personas inmigrantes repatriadas en 72 horas desde comisaría sin haber tenido siquiera la oportunidad de hablar con un abogado.

¿Cómo conciliar la política de control migratorio con el acceso a protección y con los derechos y libertades individuales? No es fácil, pero eso no quiere decir, que no haya que intentarlo y buscar alternativas al deplorable sistema actual, que tanto sufrimiento causa a las personas. Requiere mucho debate y análisis en cada momento y país. No hay una solución única, la capacidad de acogida no es solo una cuestión técnica sino, mayormente, de voluntad política.

3. España, sociedad multicultural. 

¿Hasta cuándo les vamos a seguir llamando extranjeros?

Tras dos décadas de llegada de población extranjera a España, nuestra sociedad está pasando de ser una sociedad de inmigración a ser una sociedad caracterizada por su diversidad. La mayoría de las personas que calificamos de “extranjeros” ya no son tales sino, a lo sumo, personas con un pasado o con un contexto migratorio. Personas que llevan ya muchos años en España, que han nacido aquí o incluso que son ya españoles. Los billetes de avión baratos, internet, TV satélite, los teléfonos móviles mantienen los lazos con las comunidades de origen fácilmente. Son personas multiculturales que pertenecen a dos mundos. Cometemos un gran error poniéndoles la etiqueta “latinos”, “marroquíes”, porque son personas mixtas, pluriculturales, con lazos aquí y allí.

La diversidad social es, sin duda, más complicado de gestionar que una sociedad monocultural. ¿Cómo convivir personas de distintas culturas/religiones, creyentes de distintas religiones, no creyentes?

Políticas públicas…

El reto es, cada vez más, cómo gestionar una sociedad actual diversa, crecientemente multicultural, que ofrece oportunidades pero también presenta retos y dificultades.

La diversidad cuestiona los hábitos sociales y los principios comunes que históricamente han construido la identidad, políticas y prácticas de un país. Exige clarificar los principios y valores básicos de la comunidad, sin duda necesarios, pero ya no necesariamente atados a las raíces históricas o a una cultura concreta. El reto es identificar y construir sobre valores compartidos en diferentes culturas, que los hay. Se hace imprescindible distinguir las esencias de aquellas partes de la vida que requieren negociación y que pueden acomodarse. Necesitamos lucidez para discernir lo esencial –en lo que ser inflexible– y flexibilidad para lo no esencial. Firmeza, por ejemplo, contra los matrimonios forzados o contra cualquier tipo de intimidación o violencia contra minorías o por parte de minorías. Aquí el papel del Estado (policía, jueces) es fundamental, ya que tiene el monopolio de la violencia. También es tarea de todos mostrar públicamente tolerancia cero con la violencia.

Aunque parece evidente, una sociedad pluricultural necesita políticas pensadas para una sociedad diversa y que analicen lo que ocurre en educación, vivienda, en el mercado laboral, cultural, representación política, en el sistema de bienestar, en los medios, en el deporte, etc., a fin de garantizar la igualdad de trato y oportunidades.

…Y conductasnpersonales

Pero la convivencia intercultural es también responsabilidad personal de todos los que formamos la sociedad. La interacción en la calle, en la escuela, en el trabajo, en los bares, en las redes sociales afecta a de los post migrantes tanto como las políticas. Hay pequeñas gestos que alienan y pequeños gestos que integran. La mezcla inconsciente cotidiana ayuda sin duda a la integración. Y me atrevería a mencionar algunos valores que me parecen especialmente útiles para una sociedad multicultural: la generosidad, una mente abierta, deshacerse de prejuicios, curiosidad por otras culturas y formas de vida. Tomarnos en serio que comprendemos y aprendemos de otros incluso si discrepamos profundamente de ellos. Al final, todo se reduce a reconocer la humanidad compartida que hay también bajo lo diferente, lo extranjero.

4. Conclusión 

Las migraciones son algo consustancial a la condición humana, una fuerza y un motor de progreso para la humanidad. Nuestra sociedad, como todas las modernas, está abocada a ser –ya lo es– una sociedad receptora y emisora de personas en busca de un futuro mejor. Es importante conocer qué está pasando en la frontera sur de nuestro país, en el Mediterráneo, en los CIE españoles, en los vuelos de repatriación colectiva de personas extranjeras y cuáles son los padecimientos de las personas sometidas a la política de control migratorio, es lo urgente e inadmisible. Pero a medio y largo plazo, emerge un doble reto: construir un régimen migratorio global más racional, que beneficie a los involucrados, y armar una propuesta amplia de convivencia y gestión positiva de la diversidad.©

Cristina Manzanedo

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